Buscando La Tumba del IX Duque de Osuna




He creído interesante traer aquí este asunto de la tumba del IX duque de Osuna, porque durante la investigación, me topé con otro suceso intrigante de la historia de Madrid, que no solo no ha sido convenientemente estudiado, sino que, más bien parece, se ha querido ocultar durante todos estos años.

El noveno duque de Osuna, Don Pedro Alcántara Téllez-Girón y Pacheco, para ponernos en situación, es el esposo de la tan renombrada duquesa del Capricho, Dña Josefa Alfonso Pimentel. Nace el ocho de agosto de 1755, y es el segundo hijo de Pedro Zoilo Téllez-Girón y Pérez de Guzmán (VIII duque de Osuna) y María Vicenta Pacheco Téllez-Girón. Así que en un principio no estaba previsto que heredara este título de Osuna.

La fortuna, o mala fortuna, según se mire, quiso que unos meses antes de sus nupcias con la condesa duquesa de Benavente, el primogénito de los Osuna, José María de la Concepción Téllez-Girón y Pacheco, falleciera, convirtiéndose entonces, Pedro, en el único heredero de la casa.

El duque fallece el siete de enero de 1807, debido a un problema de salud. Situación que arrastraba desde su estancia en París en 1800, donde permaneció durante un año, junto con su familia, a la espera de que Viena le diera el visto bueno para acceder a su cargo, como diplomático en dicha ciudad. En París el duque cae gravemente enfermo, y desde entonces, como diría la condesa de Yebes, su salud era extremadamente frágil.   

Según su testamento, que él mismo escribe de su puño y letra en 1805, solicita ser enterrado, junto a sus padres y su hermano mayor, en el Convento de la Victoria de Madrid. Y a ese Convento es llevado su féretro el nueve de enero, depositándolo bajo la bóveda de la Capilla de Nuestra Señora de la Soledad, "todo el tiempo que le parezca a la Exma Sra Duquesa, y los demas sres mios, y sucesores", según se lee en el documento de deposición del cadáver, "para trasladar despues sus huesos, si lo tienen por combeniente, donde lo esten perpetuamene, con los de sus ascendientes".


El capellán de la orden de los Mínimos de San Francisco de Paula, que son los clérigos que regentan el santo lugar de la Victoria, acepta la misión de velar el cuerpo del duque, por lo que firma el correspondiente contrato de deposición, ante notario, y se queda con una de las dos llaves que tiene el ataúd. La otra sería custodiada por uno de los asistentes al entierro, aunque en el documento en cuestión no está claro de quien se trata, ya que se refiere a él como "Su Excelencia", sin añadir nombres, debe estar haciendo aludiendo a la duquesa, su esposa.

Echamos mano de la wikipedia para ver donde está ubicado dicho Convento, y leemos que ya no existe, pues fue demolido tras su desamortización en 1836, pero que se encontraba en la Puerta del Sol, entre las calles Spoz y Minas y la de la Victoria.

Recurrimos entonces al famoso plano de Texeira, y efectivamente, lo vemos situado en un extremo de la Puerta del Sol, donde comienza la carrera de San Jerónimo.




Actualmente el solar está ocupado por una manzana de casas, construidas por un comerciante madrileño a mediados del siglo XIX, Manuel Mathew, a quién también le han dedicado el nombre de una calle en esta zona. Como curiosidad, comentar que este Convento tenía fama, entre otras cosas, por sus misas "ligeras" (cortas), y por ser lugar predilecto de citas amorosas.

Con lo que, no solo no tenemos Convento, sino que,  lo que es peor, no tenemos tumba. De vuelta a los archivos, busco un posible traslado del cadáver. Y me encuentro con la segunda deposición de los cadáveres de varios miembros de la familia, del hijo mayor, D. Francisco de Borja Téllez-Girón y Pimentel (X duque de Osuna), de la esposa de este, María Francisca Beaufort y Toledo, de su esposa, Dña Josefa Alfonso Pimentel, y del nieto mayor, Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Beaufort Spontin, XI duque de Osuna. Pero del IX duque, de sus padres y del hermano mayor, enterrados todos en el Convento de la Victoria, el silencio es absoluto. 

Estos otros miembros de la familia fueron enterrados en el Cementerio de San Isidoro con carácter provisional, seguramente porque cuando fallecieron (1820, 1830, 1834 y 1844), el proceso desamortizador ya estaba en marcha, por lo que el Gobierno decretaría el uso de los cementerios como lugar de enterramiento en lugar de las iglesias, ya que la mayor parte de ellas iban a ser demolidas. De ahí, sus cuerpos fueron trasladados al Santo Sepulcro de la Iglesia Colegial de Osuna, en 1849, donde se encuentra en la actualidad.

¿Que pasó entonces con la tumba del IX duque? para poder comprender lo que sucedió debemos entender que el proceso desamortizador transcurre en un ambiente tremendamente anticlerical y antinobiliar. En el que el Antiguo Régimen se tambalea bajo la oleada liberal que marca el comienzo del siglo XIX.

Tras la muerte de Fernando VII, y durante la regencia de la Reina María Cristina, el Estado necesita dinero urgentemente para reactivar la economía, y hacer frente a la incipiente guerra carlista. Por ello, la reina regente, tiene que hacer concesiones a los partidos liberales para atraerlos a su causa.

Con un Gobierno liberal a la cabeza del Estado, las medidas desamortizadoras se endurecieron, especialmente durante el gobierno de Mendizábal, extendiendo la desamortización a todos los establecimientos religiosos, ya que la especulación con los solares que ocupaban, una vez demolidos, contribuirían a sanear algo, las maltrechas arcas del Estado. Solo unos pocos se libraron de la quema.

Se crearon varias comisiones gubernamentales y eclesiásticas para llevar a cabo la labor desamortizadora. Pero en vistas de la impunidad con la que se vendían las obras de arte custodiadas en ellos, tanto por parte del personal civil como por el eclesiástico, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, decide intervenir y crea otra comisión para la vigilancia del patrimonio artístico. 

Pues bien, es esta última institución la que nos da la clave de lo que pudo suceder con las tumbas depositadas en los Conventos, ya que se quejan continuamente de que no les da tiempo a realizar su tarea, pues los plazos, desde que se publica el Real Decreto para la desamortización de un Convento, y la orden de demolición del mismo, son demasiado ajustados.

Por tanto, deducimos, que si no hay tiempo de retirar las obras artísticas, menos todavía lo hay para la retirada de las tumbas, con todo el papeleo que supone, y el enorme esfuerzo económico que conlleva el traslado de tantísimas sepulturas. El Estado quería dinero ¡ya!, rápido y fácil, no para gastarlo en mover tumbas sino en otros asuntos más peliagudos.

A lo que hay que añadir, como comentaba más arriba, el odio atroz que los estamentos no privilegiados profesaban, por aquel entonces, al clero y la nobleza, como máximos representantes de un Antiguo Régimen, que pretenden derrocar. Así, ante los brotes de violencia de la población contra el clero, que tienen lugar entre los años 1834 y 1835, es comprensible que ni clérigos ni nobles intercedan por los muertos enterrados en los Conventos cuando el Gobierno decide, un año después, deshacerse de ellos. 

Es más, en este párrafo, la Academia hace mención expresa de lo que está sucediendo con las tumbas, cuando habla de la destrucción de los edificios religiosos: “Arrancados de su lugar nada dicen, de nada sirven, ningún valor tienen porque nadie los compraría, no podrían servir para el adorno de ninguna casa; y finalmente vendrían a parar, los retablos de madera al fuego, y los sepulcros de mármoles y jaspes preciosos, en escombros. ¡O cuando mas serian pagados a vil precio por los marmolistas para aprovecharse de algunos jaspes, convirtiendo así las tumbas de nuestros hombres celebres, cuyas memorias creyeron los fundadores fuese eterna colocadas en los templos, en tableros de mesas y chimeneas. Así desaparecen todos en el mundo: así es la condición humana! ”.

Por lo que las tumbas se dejarían en su lugar, ocupando el subsuelo del solar donde se ubicaba el Convento destruido. Siendo removidas en aquellos casos donde una nueva edificación iba a ser construida, como es el caso del Convento de la Victoria, donde seguramente emergerían al hacer los cimientos del nuevo edificio, aunque nadie, y menos aún el Gobierno, quiso prestar atención, silenciando todo lo relacionado con el asunto.

Y así debió permanecer, hasta que en 1920, un periodista anónimo, que firma como "reporter", decidió que era hora de sacar a la luz lo que estaba ocurriendo en las obras de acondicionamiento de la plaza de Chamberí (La Voz, 2 de septiembre de 1920). Donde bajo el subsuelo comenzaron a emerger gran cantidad de tumbas (más de 200), algunas con escudos nobiliarios y ajuares variopintos. Procedentes con toda seguridad del Convento de la Merced, que anteriormente se ubicaba en dicho lugar, y que como el de la Victoria, fue demolido durante el período Desamortizador. De las tumbas solo se dice que se llevaron a una fosa común.




Aun así, parece que la noticia no tuvo el impacto deseado, ya que este hecho, ha seguido oculto a la opinión pública hasta nuestros días. Y tengo mis sospechas que de forma deliberada, tanto por parte de las Instituciones, como de los más perjudicados en esta historia, la nobleza, ya que son las tumbas de sus antepasados las que tapizaban estos santos lugares.

La cuestión es, que el subsuelo de Madrid debe estar plagado de tumbas nobiliarias. Y de las que desaparecieron, nada sabemos dónde fueron a parar, como la de este duque, el IX de Osuna, cuya ubicación sigue siendo hoy en día un misterio.






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