El
Templo del Capricho albergó como ya sabemos la estatua de una Venus Medici que
según Añón fue sustituida por la Venus de Juan Adán en 1797 (Añon, 2003, p.127).
Todavía no he tenido ocasión de consultar estos documentos por lo que no puedo
saber con certeza si la Venus se colocó en el Templo o en la rotonda central
del Abejero que ya estaba construido, ya que en la visita que realiza Nicolás
Cruz de Bahamonde en 1798 al Capricho el Baco ya está en el Templo
(Nicolás,Tomo XI, p.485). Un análisis formal de esta escultura puede ofrecernos
algún dato interesante que pueda ayudarnos a vislumbrar la procedencia de esta
escultura.
Se
trata de un conjunto escultórico exento realizado en mármol blanco, compuesto por una figura humana, un joven de
complexión atlética, y un felino, posiblemente una pantera. La figura humana
tiene el pie izquierdo adelantado y el torso girado ligeramente también hacia
la izquierda así como la cabeza, tocada con racimos de uvas que le caen por la
espalda como si fuera el cabello. El brazo derecho se dobla llevando la mano a
la altura del pecho que agarra un racimo de uvas. El brazo izquierdo por el
contrario permanece extendido a lo largo del cuerpo y sujeta en la mano otro
racimo de uvas. El felino se enrosca por detrás de la figura humana sentado
sobre sus patas traseras, con la pata derecha delantera alzada para no pisar el
racimo de uvas que se encuentra debajo, mientras, con la boca, intenta
mordisquear las uvas que lleva en la mano izquierda la figura humana. Como dato
curioso el sexo del joven queda oculto por una hoja de parra que proviene del
racimo que sujeta con la mano izquierda.
Llama
la atención la sencillez con la que está tratado el tema báquico, tan solo con
tres elementos, un joven desnudo, unos racimos de uvas y un felino, el artista
no solo ha identificado al personaje con el dios del vino sino que ha
conseguido humanizar su divinidad introduciéndole en un escenario cotidiano
como es la vendimia. El joven dios acaba de recoger el fruto de la vid y camina
despreocupado cuando el felino se acerca juguetón para arrebatarle parte de la
cosecha que el muchacho sujeta con la mano izquierda haciendo girar ligeramente
al joven. En esta interpretación del dios no hay copas, ni tirsos, ni pieles de
felino, ni comparsas, ni connotaciones eróticas, no es un dios ebrio de alcohol
y de placer como en el Renacimiento y el Barraco, sino un dios exclusivamente
agrícola, lo que encaja perfectamente dentro del pensamiento ilustrado del
momento donde la vuelta a la naturaleza y a la vida sencilla del campo se
convierte en un motivo recurrente en el arte. Sin embargo y a pesar de ser un
tema clásico tratado con mucha originalidad el aspecto formal de la figura
humana recuerda todavía a tipos un poco barrocos, tal vez de la primera mitad
del siglo XVIII. Incluso el detalle de la hoja de parra nos remonta a un
momento anterior en el arte.
En
el archivo encontramos un documento que bien podría encajar con la cronología extraída
del análisis formal de la escultura. El documento hace referencia a la compra
de 28 estatuas por parte de la duquesa del Infantado para adornar su palacio
nuevo de Chamartín, entre las que encontramos una cuya descripción podría
encajar con el Baco del Templo de la Alameda: … “Otra de un manzebo desnudo, adornada su Cabeza con racimos de Ubas y en
las manos también razimos con dos niños el uno Satiro, y el otro racional=”
(OSUNA, CT. 393,D.16).
María
Francisca de Silva Mendoza y Sandoval, XI duquesa del Infantado, en junio de
1756 compra 28 estatuas a María Josefa Michaela, marquesa de Mirabal, por valor
de 22.000 reales de vellón, para su palacio de Chamartín. Estas estatuas
proceden del antiguo palacio de las Dos Torres, construido por D. Luis de
Mirabal tras casarse con Dña. Isabel María Queipo de Llano, Señora de Boadilla
del Monte, en 1709. A su muerte en 1729, el Marqués de Mirabal tenía hipotecado
gran parte del Señorío de Boadilla por lo que su hija Dña. María Josefa
Michaela, única heredera, solicita al Consejo de Castilla la enajenación de la
herencia para poder venderlo, realizando previamente en 1755 un inventario de
los bienes libres entre los que se encontraban estas 28 estatuas. El palacio
fue vendido finalmente al Infante D. Luis en 1761 quien construye un nuevo
palacio sobre el antiguo de las Dos Torres en 1765 que es el que actualmente se
conserva.
El
legajo en cuestión pasa al archivo de Osuna seguramente cuando Pedro de
Alcántara Téllez-Girón y Beaufort hereda el título del Infantado en 1841, y con
él presumiblemente las estatuas. Pero la estatua de Baco ya se encuentra en el
Templo con anterioridad a esta fecha de 1841, ya que como apuntamos más arriba,
Nicolás Cruz de Bahamonde ya lo sitúa en el templo en 1798, por lo que si el
documento y la estatua guardan alguna relación solo se me ocurren dos
explicaciones posibles, o bien fue un regalo del entonces duque del Infantado o
se trata de una copia. La copia de obras de arte es una práctica habitual en cualquier
época, así, por ejemplo, nos cuenta la condesa de Yebes que Dña María Uría y
Alcedo solicita en 1803 a la Condesa-Duquesa de Benavente que le deje el cuadro
del general Urrutia que realizó Goya en 1798 para que Esteve haga una copia, a
lo que la Condesa-Duquesa accede una vez le sea devuelto, ya que está en poder del
duque del Infantado quien está realizando también una copia del cuadro (Yebes,
p. 45).
En
la corte la vida social de la aristocracia madrileña está en continua ebullición.
Las damas de la alta sociedad del siglo
XVIII rivalizan en los salones por ser la más ocurrente, elegante o atrevida,
buscando cualquier excusa para organizar una gran “función” en su casa que
tenga ocupadas las mentes y las plumas de los cronistas. Los invitados a estas
fiestas suelen ser en su mayoría aristócratas aunque nunca falta en ellas la
soldadesca y el artista de moda. Esta pequeña sociedad ilustrada va deambulando
de salón en salón dando a conocer sus últimas adquisiciones o novedades. La
Duquesa como parte integrante seguramente fuera invitada ilustre en Chamartín
en más de una ocasión, por lo que es normal que conociera la existencia de
estas esculturas adquiridas por la abuela del entonces duque del Infantado D.
Pedro Alcántara de Toledo y Salm Salm.
Las
estatuas sin embargo debieron realizarse en la primera mitad del siglo XVIII,
cuando el Marqués de Mirabal construye el Palacio de las Dos Torres en
Boadilla. Mirabal fue un político brillante al servicio de Felipe V, quien en
1722 crea el título de Marqués de Miraba para él como recompensa por sus
servicios. Sin embargo su fortuna se ve truncada tras la abdicación de Felipe V
en su hijo, ya que como miembro del Consejo de Luis I Mirabal intentará alejar
la influencia francesa del gobierno español cosa no bien vista por Felipe V y
su esposa que se encuentran en San Ildefonso disfrutando de una vida relajada.
Luis I por desgracia muere ese mismo año con lo que Felipe V recupera el trono
y destituye a Mirabal como Presidente del Consejo relegándolo a un cargo
honorífico y mal remunerado que le impedirá hacer frente a sus enormes gastos (http://www.boadilla.com/pages/antonio.htm).
Por tanto es probable que estas esculturas fueran adquiridas o realizadas
durante los años de mayor esplendor de Mirabal entre 1709, que es cuando
contrae matrimonio con Isabel Queipo, Señora de Boadilla, y 1724, cuando
comienza su declive como político.
La cuestión es que si la estatua del
mancebo fue el modelo para el Baco de la Alameda, aunque con algunas licencias
ya que los niños desaparecen y se sustituyen por un felino, a quién se hizo el encargo.
Como ya se comentó en la primera entrada de este blog, en 1787 se encargó la
ejecución de la Venus que sustituiría a la Venus Medici del Templo a José
Guerra, pero la duquesa decide darle la obra en 1790 a otro escultor, por lo
que pone sus ojos en Juan Chaez. Chaez no realizará la Venus y queda a expensas
de un proceso judicial por este motivo ya que los duques le habían adelantado
una suma importante de dinero (OSUNA, CT. 393, D. 29-29 BIS). Durante este
proceso judicial los duques dejan abierta la posibilidad de que el escultor
salde la deuda contraída mediante la ejecución de alguna estatua, por lo que no
se descarta la posibilidad de que Juan Chaez finalmente saldara su deuda con el
Baco de la Alameda tomando como fuente de inspiración una de las esculturas que
el duque del Infantado tenía en los jardines de su Palacio de Chamartín, un
mancebo con racimos de uvas en el cabello y en las manos, que en la Alameda se
transforma en un dios agrícola, el dios del vino. Esto es solo una hipótesis,
imposible de probar, de momento, pero que puede servir de hilo conductor para
futuras investigaciones.
A pesar de ser una escultura
mediocre como la han calificado algunos investigadores (Navascues, 1975, p. 11),
hay que tener en cuenta que es estatua elegida por la duquesa para exhibirla en
su Templo de la Alameda, por lo que si
su valor no es artístico debe ser otro, ¿sentimental?, ¿simbólico?, que le
lleva a ocupar un lugar destacado en el Capricho, y que por tanto debe tomarse
en consideración.



